38. Del Primate al Humano, Parte 3

6 de Febrero de 2014. Temas: Historia de la Vida, Origen del Hombre

Nota: Esta serie de artículos ha sido concebida como una introducción básica a la ciencia de la evolución para no especialistas. Aquí se puede ver la introducción a esta serie o volver al índice aquí.

En este artículo tratamos sobre el cambio en el consenso científico a mediados del s. XX con respecto a la opinión de que los Australopitecinos eran homininos , y sobre la revelación de que el hombre de Piltdown era un fraude.

 

Australopitecinos: el largo camino hacia la aceptación

En el último artículo de esta serie discutíamos el trascendental hallazgo de los fósiles de los Australopitecinos por Raymond Dart y la fría recepción que tuvieron por parte de la comunidad científica del momento. En los años 1920, el epicentro de la ciencia estaba en Inglaterra, y los ingleses ya tenían su “eslabón perdido” entre humanos y monos: el fraudulento Hombre de Piltdown, con sus entonces esperados caracteres corporales de mono y cerebrales de humano. Este erróneo punto de vista de “primero el cerebro, y luego el cuerpo” en la evolución humana significaba que los verdaderos fósiles de homininos conocidos entonces (el Australopithecus de Dart y el Pithecanthropus (Homo) erectus de Dubois) aparecían a la inversa, con unos cuerpos de apariencia humana combinados con cerebros inadecuadamente pequeños. Como hemos visto se pensaba, en general, que los hallazgos de Dubois eran producto de reuniones aleatorias de restos esqueléticos humanos junto con un cráneo de mono; de la misma manera, la interpretación de Dart fue criticada debido al hecho de que su espécimen era un individuo juvenil. Sin una forma adulta que examinar, se supuso que simplemente había descubierto una especie estrechamente emparentada con los monos modernos.

Pero Dart sí obtuvo algunos aliados de los que dos, en particular, le ayudarían a cambiar la tendencia de la opinión científica sobre su interpretación de los australopitecinos como verdaderos homininos. El primero fue Robert Broom, un paleontólogo algo excéntrico y miembro de la Royal Society, que volvería a trabajar con nuevos restos fósiles de australopitecinos en los años 1930. Unos de estos hallazgos fue un cráneo fósil excepcional que Broom describiría como Plesianthropus transvaalensis, una especie distinta del Australopithecus africanus de Dart. A causa de su nombre científico a este fósil en seguida se le apodó “Mrs. Ples”, un apodo afectuoso con el que se ha quedado a pesar de su posterior reclasificación como un adulto de Australopithecus africanus, más que como una nueva especie diferente de australopitecino. Sin embargo, pocos años más tarde, Broom descubriría un fósil verdaderamente nuevo de homininos; una especie de australopitecino robusto y musculoso al que llamaría Australopithecus robustus, una especie estrechamente relacionada con los australopitecinos que, más tarde, sería renombrada como Paranthropus robustus. Estos nuevos hallazgos reforzaron mucho la posición de Dart, porque presentaban también el carácter de “primero el cuerpo…” al contrario que el Hombre de Piltdown.

El segundo aliado de Dart fue Wilfrid Le Gros Clark, también miembro de la Royal Society, y muy respetado en la comunidad científica. En 1947 Clarck escribiría un influyente artículo sobre los australopitecinos, reconviniendo a la comunidad científica por emitir juicios pasajeros sobre ellos sin siquiera tomarse la molestia de examinarlos por sí mismos, como había hecho él (como sólo un educado pero también mordaz inglés de la época sabía hacerlo), y exonerando a Dart y a Broom en el proceso:

“Sobre la base de las pruebas presentadas con el primer anuncio de los descubrimientos de los fósiles de los australopitecinos, parecía haber, a primera vista, varias posibles interpretaciones. Los australopitecinos podrían no ser más que variedades extinguidas de monos con un profundo parecido al chimpancé y al gorila, pero con ciertas modificaciones, en algunos detalles menores, que mostraban cierto parecido espurio con los homínidos. En segundo lugar, podrían no tener una especial relación con el gorila y el chimpancé pero, sin embargo, representar un grupo colateral de monos antropoides que presentaban ciertos caracteres humanos, desarrollados como consecuencia de una evolución paralela, pero que no necesariamente indicase afinidad real alguna con los homínidos. Finalmente, los australopitecinos, podrían considerarse como hominoideos extinguidos que, aún permaneciendo todavía en el nivel simiesco o, al menos cerca de él, en cuanto a su desarrollo cerebral, fueran los primeros representantes de la rama humana de la evolución y, por tanto, bastante diferentes de los póngidos. Esta última interpretación ha sido reiterada, por Dart y Broom, durante una serie de años. Por otra parte, otros anatomistas y paleontólogos, y (especialmente los que no tuvieron la posibilidad de examinar el material fósil original), han apoyado una de las dos primeras interpretaciones, bien por declaración directa o por inferencia. Como resultado de sus estudios personales, el autor de este artículo ha llegado a las firmes conclusiones siguientes: (1) que los australopitecinos carecen de relación especial con los monos antropoides actuales, excepto en lo que respecta a que eran grandes hominoideos, de un tamaño comparable; y (2) que los parecidos con humanos respecto a su cráneo, dentición y huesos de las extremidades son tan numerosos, minuciosos y profundos como para virtualmente descartar la idea de una “evolución paralela” para explicarlos. En otras palabras, tiene que existir una relación zoológica real entre los australopitecinos y los homínidos.”

 

Y es así como la comunidad científica llegó a ver lo que, a toro pasado, resulta obvio: que los australopitecinos no eran sólo los parientes cercanos de los monos modernos, ni siquiera los parientes que adquirieron caracteres de apariencia humana a través de un descontrolado proceso de evolución convergente. Más bien se trataba de lo que Dart y Broom habían sostenido todo el tiempo: formas extinguidas que eran nuestros parientes cercanos; más estrechamente relacionados con nosotros que con ninguno de los monos vivientes.

Con el prestigio y la fama de Le Gros Clark apoyándoles, las pruebas que tan meticulosamente habían acumulado a lo largo de décadas Dart y Broom ganaron finalmente la aceptación científica. De hecho, el peso de la evidencia sobre los australopitecinos y la correcta interpretación anterior de Dubois del Pithecanthropus (Homo) erectus, se apreciaban ahora en lo que valían: que la forma del cuerpo humano había evolucionado primero, seguido a continuación de un crecimiento del tamaño del cerebro. Una vez esta imagen con un enfoque nítido, Piltdown quedaba ya fuera de juego, y sus días como icono de la evolución humana estaban contados.

La caída de Piltdown

El final de Piltdown fue rápido en llegar, y Le Gros Clark sería una de las figuras clave en desenmascararle en lo que valía. Ya a finales de los años 1940 una nueva prueba de datación mediante el flúor había demostrado que el cráneo de Piltdown no era antiguo, sino moderno. Nuevos análisis acabarían por demostrar el alcance del engaño: el cráneo de un ser humano moderno, la mandíbula de un orangután y los dientes limados de un chimpancé, todos ellos tratados con productos químicos para hacerles parecer antiguos. A principios de los años 1950 el fraude desenmascarado saltaría a la prensa popular: un misterio resuelto, excepto la identidad del falsificador. Aunque muchos fueron considerados sospechosos en las décadas siguientes, el peso de las evidencias apuntaba al “descubridor” original del hombre de Piltdown: Charles Dawson, que había sido el único “descubridor” del segundo hallazgo de Piltdown y que, como se había demostrado, falsificó muchos otros “descubrimientos” menos conocidos, buscando la fama y el prestigio científico. Si él era realmente el falsificador, Piltdown había sido su obra maestra, pero se llevaría sus secretos a la tumba tempranamente en 1916, sin su título de caballero ni su nombramiento en la Royal Society. Fuera quien fuera el responsable, Piltdown había extendido su larga sombra sobre el trabajo de científicos honestos, como Dubois y Dart, frustrando sus intentos por avanzar en lo que era una interpretación mucho más precisa de los orígenes de la especie humana.

Lecciones de Piltdown

Aunque Dubois y Dart tuvieron que librar una dura batalla, ellos tenían una gran ventaja a su favor: La naturaleza del progreso científico. Como ya comentamos al inicio de esta serie, la evolución es una teoría científica y, como tal, Dubois y Dart, con sus legítimos descubrimientos, sólo tenían que esperar a los nuevos trabajos para que la Paleontología de los homininos pasara a gozar de una posición científica más sólida, y aportara un nuevo contexto para valorar sus esfuerzos. El precio que tuvieron que pagar no lo fue por estar en lo cierto sino, más bien, por haber sido los primeros lo cual, independientemente del fraude, es a menudo un precio a pagar en la ciencia. Piltdown no haría más que prolongar el problema pero, en ciencia, finalmente la verdad prevalece, porque sólo la verdad, o algo muy cercano a ella, es útil para generar nuevas y más precisas predicciones.

En el siguiente artículo de esta serie vamos a resumir el estado actual de las pruebas concernientes a la evolución de los homininos, y a situar los orígenes de nuestra propia especie en ese contexto.

 

Lecturas complementarias:



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