41. Convertirse en Humanos, Parte 2: Evolución del Idioma y Líneas de separación en un Gradiente

22 de Mayo de 2014. Temas: Genética, Historia de la Vida, Origen del Hombre

Nota: Esta serie de artículos ha sido concebida como una introducción básica a la ciencia de la evolución para no especialistas. Aquí se puede ver la introducción a esta serie o volver al índice aquí.

En este artículo introducimos el desarrollo del idioma a lo largo del tiempo como analogía de la especiación, y utilizamos esa analogía para explorar el reto de encontrar un “comienzo” biológico para nuestra especie.

 

Juan 1:29, Evangelio Sajón Occidental, c. 990

Anothir day Joon say Jhesu comynge to hym, and he seide, Lo! the lomb of God; lo! he that doith awei the synnes of the world. (Biblia Wycliffe Bible, 1395)

The nexte daye Iohn sawe Iesus commyge vnto him and sayde: beholde the lambe of God which taketh awaye the synne of the worlde. (Nuevo Testamento Tyndale, 1525)

The next day Iohn seeth Iesus coming vnto him, and saith, Behold the Lambe of God, which taketh away the sinne of the world. (KJV, 1611)

The next day John seeth Jesus coming unto him, and saith, Behold the Lamb of God, which taketh away the sin of the world. (KJV, Cambridge Edition)

The next day John saw Jesus coming toward him and said, “Look, the Lamb of God, who takes away the sin of the world!” (NIV, 2011)

(Nota: Cambios idiomáticos del texto del evangelio de Juan 1:29 en lengua inglesa desde el siglo X hasta el presente.)

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. (Reina Valera, 1960)

 

En un artículo anterior de esta serie hemos resumido el reto de encontrar un “comienzo” biológico definitivo para una especie, ya que la declaración de un suceso de “especiación” es como tratar de trazar una línea en lo que es un gradiente de cambio continuo. Los lingüistas afrontan un desafío parecido: aunque es posible dividir el desarrollo idiomático del inglés moderno en etapas como “inglés antiguo”, “inglés medio” e “inglés moderno”, tales convenciones son fruto de la conveniencia académica. En realidad, el desarrollo del inglés es un continuo en el que los hablantes de cada generación se entienden perfectamente tanto con sus padres como con sus hijos; y sin embargo los cambios se van colando de tal manera que gradualmente la lengua va cambiando con el tiempo. Esto es fácilmente ilustrado a través de los diversos textos del evangelio de Juan 1:29 citados más arriba: el sajón occidental (un antiguo dialecto inglés que se utilizaba a finales del s. X) resulta prácticamente incomprensible para un lector moderno, y no se puede representar adecuadamente con los caracteres del alfabeto de un teclado moderno (de ahí la imagen). Cuatrocientos años más tarde (Wycliffe) el texto es ya significativamente más legible, pero la comprensión es todavía difícil. Y así sucesivamente: en la versión de Tyndale, las cosas resultan cada vez más familiares, salvo para las equivalencias entre la “I” y la “J” o la “v” y la “u”, además de la “e” suplementaria añadida a varias palabras. Esta última resulta familiar a quienes hayan leído a Shakespeare, o la edición original de 1611 de la Biblia del Rey Jaime (KJV). La edición de la KJV de Cambridge resulta bastante familiar para muchos cristianos ingleses, aunque difícilmente se podría afirmar que esté escrita en un inglés del todo “moderno” (a pesar de ser uno de los mejores ejemplos de textos en inglés moderno temprano). Por último, aunque no menos importante, la edición de 2011 de la Nueva Versión Internacional (NIV) resulta fácil de leer para cualquier inglés, como sería de esperar de cualquier traducción moderna.

La evolución del idioma es, de hecho, una de las mejores analogías de la evolución biológica, porque le hace a uno pensar en el cambio en un contexto de una población a lo largo del tiempo. Al igual que un idioma tiene una población de hablantes así también una especie tiene una población de genomas. Cada miembro de un grupo idiomático puede tener sus propias preferencias gramaticales, ortográficas o de pronunciación, tal como una población biológica tendrá una variación genética. La variación lingüística puede cambiar con el tiempo dentro de una población, a medida que algunas diferencias surgen y “se propagan” volviéndose más comunes, u otras se hacen menos comunes y finalmente se pierden. Un ejemplo que se ve en los versos citados antes es el de las letras “u” y “v” en inglés: En tiempos fueron perfectamente intercambiables; duplicadas, si se quiere. Sin embargo, estas duplicaciones se volvieron más tarde distintas, asumiendo funciones no solapadas, es decir, sonidos distintos. El proceso por el que sucedió esto fue gradual; la variación estaba presente en 1611, pero en el momento de la edición de Cambridge de la KJV, a partir del año 1700 y siguientes, sus papeles se habían estabilizado ya en las funciones que ahora conocemos. Además de incorporaciones también puede haber pérdidas de variación en los idiomas (igual que sucede en la Genética, como ya hemos visto). Por ejemplo, el inglés antiguo tenía una letra más, la runa thorn, que fue gradualmente remplazada por las letras th en el inglés medio. Se pueden ver tres thorn en el texto en sajón occidental de arriba, que se parecen a una “p” estilizada moderna.

La evolución del idioma como analogía de la evolución biológica nos ayuda también a comprender la transferencia de la variación entre los idiomas (o, en el caso de la evolución biológica, entre las especies). El inglés, como es bien sabido, “toma prestadas” muchas palabras de otros idiomas, sobre todo del francés. Este vocabulario “prestado” que fue introducido primero, y más tarde pasó a formar parte, del inglés que habla la población, es similar al intercambio genético entre especies cercanas- poblaciones de organismos que son distintos, pero no lo bastante distintos como para impedir el cruzamiento y, por tanto, el intercambio genético. Esta característica de la evolución del idioma es lo que hace que sea también problemático el definir el “comienzo” de una lengua porque parte de su variación se va desarrollando lentamente dentro de la población y parte procede de un idioma relacionado (y por lo tanto refleja su historia previa en el idioma donante). En el caso de las especies, la variación debida al intercambio genético interespecífico produce un patrón análogo, en el que parte de la variación de una especie tiene toda su historia en otra especie.

 

Idiomas y especies: líneas de separación en un gradiente

Una vez esbozada la analogía entre los idiomas y las especies, planteémonos otra pregunta: ¿Cuándo, exactamente, se originó el inglés? ¿En el año 990 d.C. con el texto sajón occidental de Juan 1:29? No, porque incluso en el 990 d.C. las palabras de este texto tenían una historia más profunda en los textos todavía más arcaicos del inglés antiguo. La pregunta, de hecho, no tiene sentido: no hay un “primer hablante” en “inglés” sino, más bien, una población de hablantes que, gradualmente, generación a generación, han llegado a hablar el idioma que conocemos como “inglés moderno”. Por el camino podemos rastrear estas poblaciones y ver los cambios graduales en su vocabulario, en su gramática, en su ortografía y en su pronunciación; cambios que resultan bastante dramáticos cuando se consideran en amplias escalas de tiempo pero que, sin embargo, han sido acumulados muy poco a poco a lo largo del tiempo, sin ninguna solución de continuidad en la población. Cada generación tiene una lengua completamente funcional y cada generación, entre el año 990 d.C. y el presente, ha hablado el “mismo idioma” como la generación precedente y como la siguiente. Sin embargo, y a pesar de esa continuidad, uno difícilmente podría sostener que el sajón occidental y el inglés moderno son el “mismo idioma”: se han acumulado demasiados cambios. Por supuesto, la dificultad reside en dónde trazar la línea de separación; y exactamente el mismo tema es el que constituye un desafío para que los biólogos puedan definir a las especies como diferentes. Los grupos muy distantes son fáciles de distinguir cuando la variación que los interconecta ha desaparecido. Si conociéramos el sajón occidental y el inglés moderno, pero no conociéramos nada entre ellos, sería fácil clasificarlos como idiomas distintos. Pero una vez que se conoce la historia, tal distinción se convierte en una línea divisoria de conveniencia en lo que, en realidad, es más bien un gradiente continuo.

Como ya hemos visto en artículos previos, en tiempos de Darwin, la distancia entre humanos y los grandes monos vivientes se consideraba muy amplia; tan amplia como la del sajón occidental con el inglés moderno, Con el tiempo, sin embargo, se han ido encontrando otras especies de homininos que, al igual que los textos conservados de distintas épocas, apuntan a una población continua que ha sufrido un cambio gradual. Y como vamos a explorar en el siguiente artículo de esta serie, la analogía de los “textos” para las especies antiguas se ha vuelto incluso más apropiada, porque ahora sí podemos recuperar y secuenciar el ADN de restos de homininos cada vez más antiguos. Como el lingüista que descubre unos manuscritos de hace mucho tiempo, estos resultados nos dan una imagen más clara de nuestros orígenes e indican que nuestra especiación fue larga y complicada.

 

Lecturas complementarias:



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