48. La Evolución y el Cristiano, Parte 1: ¿Es la Evolución un mecanismo sin sentido?

18 de Septiembre de 2014. Temas: Acción y Propósito Divinos, Evolución: ¿cómo funciona?, Aleatoriedad

Nota: Esta serie de artículos ha sido concebida como una introducción básica a la ciencia de la evolución para no especialistas. Aquí se puede ver la introducción a esta serie o volver al índice aquí.

En este artículo comenzamos a discutir las implicaciones teológicas del mantenimiento de una postura evolucionista sobre la creación. 

Hemos hecho un largo recorrido en esta serie y, finalmente, hemos terminado con el material científico que íbamos a incluir. Si ha llegado hasta aquí: ¡felicidades! Esperemos que haya aumentado su conocimiento sobre la evolución en este camino.

Desde luego, los detalles científicos de la evolución no son el único tema de interés para los cristianos. De hecho, rara vez es el más apremiante para los evangélicos. Más bien son los temas teológicos los que predominan en las conversaciones sobre la evolución. En primer lugar, si una interpretación evolucionista de la creación es compatible con la ortodoxia de la fe cristiana. Por lo tanto, resultaría negligente por nuestra parte el no discutir tales temas de forma explícita en esta serie, al menos brevemente.

Desde luego, al hacerlo, soy dolorosamente consciente de que la teología no es mi especialidad. Mi colega Ard Louis lo deja bien claro cuando describe el ámbito limitado del académico típico:

“Cuando yo era un niño que crecía en África central, no tuve la oportunidad de encontrarme con muchos Doctores académicos. Yo creía que cualquiera con un “Dr.” delante de su nombre sin duda debía saber casi todo lo que pudiera saberse sobre su tema y también muchas más cosas sobre el resto del mundo del pensamiento académico. Ahora yo mismo lo tengo, y superviso y examino un buen número de tesis doctorales tanto de Física como de Química. Ciertamente estoy desengañado de la idea de que yo o, en relación con este tema, la mayoría de la gente con un doctorado, sepa mucho más sobre algo mas allá de los muy limitados confines de nuestras (sub)especialidades.”

Así que, lo que yo ofrezco aquí, no debería en modo alguno considerarse como la última palabra sobre el tema. Más bien mis ideas aquí son la opinión de un lego sobre lo que es un tema complejo.

 

¿Es “aleatoria” Ia evolución?

Una de las primeras preocupaciones que me suelo encontrar sobre la evolución es la pregunta sobre la “aleatoriedad”, que mucha gente entiende en el sentido de que el efecto de la evolución es un proceso impredecible y descontrolado; que como tal, no podría ser utilizado por Dios como mecanismo con un propósito para lograr sus objetivos. Por supuesto, hay algunos malentendidos científicos subyacentes tras esta cuestión. Como ya hemos visto, aunque la evolución tiene algunas características estocásticas, contingentes (tales como la mutación), la evolución en su conjunto no es un proceso “aleatorio” en el sentido en el que habitualmente se entiende por parte de los cristianos interesados. Incluso con sus características estocásticas, exhibe también al menos cierto grado de repetibilidad, como hemos visto en los artículos recientes sobre la convergencia. Aunque la contingencia en la evolución puede inducir a Stephen J. Gould a ver una ausencia de propósito, la convergencia en la evolución puede también hacer que Simon Conway Morris vea un elegante mecanismo y un propósito en él.

 

Un microcosmos de aleatoriedad y convergencia: la formación de anticuerpos

Quizá una analogía pueda ayudar. Un año sí y otro no, en el semestre de otoño imparto un curso de inmunología, un tema tan abrumador para los estudiantes como fascinante. Los procesos estocásticos son una característica clave del sistema inmunitario humano; de hecho, sin ellos estaríamos inermes para luchar contra la infección. El reto para cualquier sistema inmunitario es la necesidad de luchar contra un grupo efectivamente infinito de patógenos pero, además, hacerlo con unos recursos genéticos limitados. Dicho de otra forma, tenemos sólo unos 20.000 genes en nuestros genomas y la amplia mayoría de ellos tienen que ver con funciones esenciales que nada tienen que ver con luchar contra la enfermedad. Los patógenos son legión, por otra parte. Aunque las bacterias, los virus y otros patógenos fueran incapaces de evolucionar, aún tendríamos que enfrentarnos con una abrumadora cantidad de ellos. Añádase su propia evolución al problema y nos encontramos con una inmensa diversidad.

La forma en que nos enfrentamos a tal diversidad, con lo que comparativamente es sólo un puñado de genes, es haciéndolos aleatorios. Los anticuerpos que se adhieren a los patógenos y los marcan para su destrucción son altamente aleatorios en cuanto a las zonas que realizan la adhesión pero no en sus otras secciones. El proceso por el que se vuelven aleatorios consiste en mezclar y encajar un amplio, aunque finito, juego de componentes menores para formar finalmente la proteína que constituye el anticuerpo. Y cada célula que produce anticuerpos realiza esa mezcla y ese encaje (que tiene lugar a nivel del ADN) de diferente manera. Durante la mezcla y el encaje que vuelve aleatorio el ADN del gen del anticuerpo en estas células, se introducen mutaciones aleatorias en las uniones entre los componentes, a medida que estos se van uniendo. El resultado es un enorme despliegue de anticuerpos a partir de un conjunto de genes comparativamente pequeño; una enorme diversidad adecuada para enfrentarse y vencer a los patógenos en su propio terreno.

Al igual que en la evolución, también la producción de anticuerpos tiene una etapa de selección. La diversidad de anticuerpos que producimos es realmente asombrosa; pero sólo una pequeña parte se van a usar alguna vez: los que, por casualidad, se adhieran a un patógeno que nos invade. Este proceso podría parecer un derroche: fabricamos muchísimos más anticuerpos de los que nunca vamos a usar pero, sin ellos, el sistema no nos protegería.

Desde la perspectiva de un anticuerpo que ha sido seleccionado, sin embargo, el proceso está perfectamente calibrado para lograr su objetivo; un anticuerpo que su adhiere firmemente a su diana del patógeno. Pero la trayectoria precisa para llegar a su objetivo no está clara: los científicos no pueden predecir de antemano la estructura específica del anticuerpo que va a surgir durante una respuesta inmune. Sí pueden predecir, sin embargo, con total seguridad que se van a producir muchos anticuerpos que se van a adherir fuertemente, y que será a través de rutas variadas. Aleatoriedad más selección, es igual a convergencia, en este caso; y de ello podemos estar seguros.

 

Reflexionando sobre la evolución y la acción divina

Yo tiendo a ver la evolución de forma muy parecida a como veo la formación de anticuerpos. No es una analogía perfecta, por supuesto; todas las analogías se vienen abajo finalmente. Sin embargo lo que yo veo, en la formación de anticuerpos, es que la aleatoriedad puede fácilmente formar parte de todo un proceso dirigido a lograr el resultado deseado. Y, como cabría esperar, yo estoy de acuerdo con Conway Morris en que la convergencia es una potente fuerza que moldea la historia evolutiva de forma poderosa; de una forma que, aunque no llegue a eliminarlo completamente, compensa ampliamente los efectos del azar.

La pregunta que queda es, desde luego, si lo que nosotros entendemos como “probabilidad aleatoria” - las mutaciones en la evolución o la combinación aleatoria y las mutaciones en la formación de los anticuerpos- son en realidad “aleatorios” para Dios. ¿Es que Dios predetermina cada mutación en el sistema inmune? ¿Cada mutación en el camino por el que nuestra especie llegó a ser humana? La conversación a la puerta de la iglesia acaba yendo por ahí, tarde o temprano. Algunos creyentes sostienen firmemente que nada es aleatorio, en el sentido de ser desconocido o impredecible para Dios. Otros adoptan una postura diferente: que la soberanía de Dios no se logra por un rígido determinismo sino que, más bien, Dios permite a la creación un poco de libertad, dentro de unos límites establecidos, para que actúe de forma estocástica pero que, no obstante, cumpla su propósito general.

A mí me parece que Dios está a gusto trabajando a través de lo que a nosotros pudiera parecernos un camino innecesariamente enrevesado e ineficaz para lograr sus fines (como atestigua sin problemas el Antiguo Testamento; incluso de niño recuerdo haberme preguntado por qué Dios no hacía las cosas más deprisa y más directamente). Así que lo que a mí me parecía derrochador e ineficiente puede de hecho tener un propósito. Desde luego la Encarnación es el mejor ejemplo de ello: Dios con forma humana, viviendo como un campesino del siglo primero, sufriendo una muerte reservada a los insurgentes; que, de alguna manera, increíblemente, resulta haber sido el fin, el telos, todo el tiempo. Para Pedro, la idea de un Mesías crucificado, como plan de Dios, no tenía ningún sentido en absoluto en términos humanos. Para Pedro, y luego para Pablo, la resurrección era el reivindicativo sello divino de aprobación de Jesús y de su vida; una vida y una muerte que Pablo, hasta ese momento, había rechazado como un fracaso. No es casual que Pablo hable de la sabiduría divina como de locura para el mundo.

Así que, incluso aún careciendo de la certeza sobre cómo utiliza Dios lo que a nosotros nos parecen procesos estocásticos, yo estoy seguro de esto: Yo confío en que Dios los utiliza de una forma que no interfiere con su soberanía, al igual que el libre albedrío humano, de alguna forma, tampoco interfiere con ella. Las Escrituras señalan muy claramente que el cosmos entero está bajo el gobierno soberano de Dios, y en ello encuentro yo descanso, incluso cuando exploro y pondero los detalles; detalles que dudo que resolvamos a este lado de la gloria, en esta vida.

En el próximo artículo de esta serie abordaremos otra pregunta frecuente sobre la evolución y el cristianismo: Cómo podría un creacionista evolucionista enfocar la cuestión de que los seres humanos hayan sido creados a imagen de Dios.

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